Desde luego yo, por si acaso, no las uso. Y mira que estoy viejuno. Y mira, además, que siempre he admirado esos llamados «bonitos cadáveres» (una mala traducción, por cierto, del original good-looking corpses —‘cadáveres bonitos’—, ya que en español, cuando usamos bonito delante del sustantivo solemos hacerlo con ironía: «Bonito espectáculo estáis dando…») que dejaron gente como Janis Joplin, Jim Morrison, Jimmy Hendrix, Kurt Cobein, Amy Whinehouse o el mismísimo James Dean, a quien se atribuye erróneamente[1] la famosa frase «Vive rápido, muere joven y deja un “bonito cadáver”», que bien pudiera ser el eslogan de las cremas antiedad, auténticas catalizadoras de la muerte si nos atenemos al significado canónico de su apellido (antiedad: que va contra la edad).

Es curioso, sin embargo, que los creativos publicitarios (aunque probablemente la responsabilidad sea de los ejecutivos de márketin que los contratan…), que deben de saber, sin duda, que aging en inglés significa envejecimiento, maduración, no edad, decidieran traducir anti-aging por antiedad (si al menos fueran antiedad del pavo, por ejemplo, todos se lo hubiéramos agradecido). Pero aún más sorprendente resulta que, habiendo pasado ya nueve añazos desde que la Fundéu publicara (1/06/2005) una recomendación al respecto: «antiarrugas o antienvejecimiento, no antiedad», en la que, además de las dos alternativas del título añadía el término rejuvenecedoras («cremas rejuvenecedoras»), es decir, que daba tres alternativas tres para evitar el dislate, hoy en día las cremas asesinas sigan erre que erre, más que nunca, con su afán genocida.

Lo cierto es que hay un viejo axioma en publicidad que dice: «Si un anuncio no te gusta, es que no va dirigido a ti», detrás del cual se adivina —aparte de cierta soberbia— que antes de producir una cuña publicitaria (note el lector que evito usar spot, spot publicitario, voz que ya casi podríamos considerar una colocación asentada del español, tanto del culto como del coloquial) las agencias llevan a cabo tantas pruebas, encuestas y proyecciones con grupos representativos de consumidores, se gastan tanto dinero en ellas y en el plan de medios para difundirlas, que es prácticamente imposible que se equivoquen, que sus anuncios no resulten efectivos. Digamos, por tanto, que suelen jugar sobre seguro. De lo que se deduce que, dado el imparable incremento de marcas de este tipo de lociones que usan el término antiedad, debe de ser que funciona; a la gente le gusta o, usando un lenguaje coloquial, nos la han clavado.

No cabe duda de que el poder de la publicidad sobre los usos lingüísticos de la población es enorme. Y es lógico, ya que su herramienta principal de seducción es la palabra, en la que se sustenta para lograr sus objetivos. Si unimos a esto el hecho de que muchas realidades son nombradas, definidas o acotadas por primera vez en el ámbito publicitario (nuevos productos y servicios, sus efectos o contraindicaciones, las actitudes que provoca, etc.) y que, como ya se sabe, quien pega primero pega dos veces, es natural que sus dictámenes lingüísticos, que además se apoyan en poderosísimas campañas de difusión, queden fijados en el uso popular con enorme rapidez; por supuesto, mucho antes de que los lingüistas, lexicógrafos, traductores profesionales, periodistas o académicos hayan tenido tiempo de evaluar su rigor léxico, sintáctico o gramatical.

Por eso es especialmente importante que los agentes de la publicidad, tanto los creativos como los redactores (los copies, en su peculiar jerga), los ejecutivos, los directivos, etc., sean conscientes de su poder y, por lo tanto, especialmente sensibles al del lenguaje que manejan. Es cierto que la transgresión puede resultar irresistible, que doblegar una palabra, manipularla, darle la vuelta o crearle un doble sentido es apasionante y nos puede poner en órbita (sobre todo cuando vemos que funciona, que la gente la utiliza, que vendemos más con ella), pero al igual que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, quien desconoce la norma —la gramática, la sintaxis, las reglas de construcción de palabras en español…— puede tocar la flauta por casualidad, tener la suerte del novato y ser brillante por momentos, pero tarde o temprano desafinará. Así, incluso para transgredir, o mejor dicho, especialmente para transgredir, es fundamental conocer a fondo lo que se vulnera, en este caso la lengua.

La Fundéu, avalada por la Academia, lleva muchos años luchando por que se haga un mejor uso del español en los medios. Consciente de la enorme influencia que estos ejercen en la competencia lingüística de sus destinatarios, la sociedad en su conjunto, tuvo la brillante idea de constituirse en su observatorio lingüístico, en la «Academia de los periodistas». Pero la influencia del lenguaje publicitario en la población no se queda a la zaga de la de los medios. Por eso, y aunque ya en marzo del 2009 la institución promovida por el BBVA firmó un manifiesto en defensa del uso correcto del español en la comunicación comercial y en la publicidad con las principales asociaciones de la industria publicitaria —manifiesto en cuyo 4.º punto, por ejemplo, se recoge la siguiente advertencia: «El empleo de extranjerismos innecesarios y de malas traducciones de giros y vocablos extranjeros empobrece y desluce el mensaje publicitario, por lo que se recomienda la utilización de locuciones y términos españoles»—, a pesar de ello, decía, hace falta prestar una mayor atención al sector. Creo que no basta con una declaración de intenciones. A la vista está que aquella bonita iniciativa no ha obtenido los resultados deseados, y no lo ha hecho probablemente porque era —permítaseme la licencia— un mero wishful thinking, una ilusión carente de algo tan fundamental como una hoja de ruta.

Para hacer efectivos los dictámenes de ese ambicioso manifiesto (no creo que hubiera que retocar un solo punto del decálogo, muy equilibrado tal como está) es necesario crear herramientas y vías de comunicación ágiles entre las asociaciones que representan a los publicitarios y aquellas instituciones que, como la Fundéu o la Academia, se dedican profesionalmente al estudio y observación de nuestro idioma. Me atrevería a decir, incluso, que se echa de menos un publicitario (¿o un publicista?) tanto en el Consejo Asesor de la Fundéu como en la propia Real Academia. Si en ambas instituciones hay representantes del mundo del periodismo, la traducción, la economía, las nuevas tecnologías, el teatro, el cine o el humor, ¿por qué no lo hay también de uno de los sectores más dinámicos y con mayor peso en el devenir de nuestro idioma como es el de la industria publicitaria? Quizá, de haberlo habido antes, ahora hablaríamos de vuelos económicos (low-cost flights) y tarifas uniformes (flat taxes), en lugar de usar las formas vuelos de bajo coste y tarifas planas. Incluso es probable que yo mismo me hubiera hecho un yonqui de las cremas rejuvenecedoras…

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA

 


[1] La frase forma parte de la película de Nicholas Ray Knock on Any Door (Llamad a cualquier puerta, 1949).

¿A quién no le han contado alguna vez este chascarrillo, que basa su gracia en la aparente paradoja que conlleva la doble pronunciación de un mismo apellido en función de que se le aplique al padre o al hijo? Sin embargo, no puede haber un ejemplo mejor para reflejar la evolución cultural que hemos experimentado en España en los últimos 30 años, una evolución que, como no podía ser de otra forma, también ha afectado a nuestro desempeño en la pronunciación de los nombres extranjeros.

Así, aparte de los Dáglas (o de los Dúglas), hay muchos otros casos que documentan ese tránsito ascendente en la destreza fonética de la sociedad española a lo largo de las últimos décadas. Clark Gable, que para muchos de nuestros padres era [Gar Gáble] (Caracable para sus hijos), se «rehabilitó» como [Clark Géibol] ya a finales del siglo pasado. Lo mismo sucedió con el bueno de Tyrone Power, que del [Tirone Pógüer] paterno paso al más ecuánime [Táiron Páuer] a medida que nos acercábamos al siglo xxi. A [Bíli Güílder] ya hace unos años que lo identificamos por [Bíli Guáilder]; [Marzelo Mastroyáni] pasó a ser [Marchelo Mastroiáni] hace ya tiempo; a [Bur Lancáster] lo empezamos a llamar [Bart Láncaster] en los ochenta, que yo recuerde, y, más recientemente, hemos aprendido que Kylie Minogue no es [Kíli Minóg], sino [Káili Minóg]…

La generalización de la enseñanza del inglés a partir de los años ochenta —en detrimento del francés—, la apertura de España a la Unión Europea y a los mercados internacionales, que ha permitido la entrada de miles de productos nuevos —muchos con nombres impronunciables a primera vista— en nuestros supermercados y centros comerciales; el acceso a las películas de todo el mundo en versión original; la multiplicación de canales de televisión y, sobre todo, la irrupción de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, muchas de cuyas funcionalidades son solo accesibles si nos manejamos en inglés, nos han puesto las pilas.

Esta evolución cultural y social no parece, sin embargo, verse reflejada —al menos en la misma proporción que lo ha hecho la sociedad— en el devenir «oficial» de nuestro idioma, en especial, en las reglas que restringen la adaptación de extranjerismos al español. Así, por ejemplo, es curioso que un dígrafo tan extendido, conocido y dominado en español como es el que forma la sh, siga proscrito en la Ortografía; y no hay más que pasear por la calle o escuchar cualquier programa de radio o televisión para comprobar que la gente pronuncia perfectamente voces como Washington, Shanghái, Shakira, show, sheriff o flash. Y eso sin mencionar a los hispanohablantes argentinos, en especial los bonaerenses, o a los de origen gallego, vasco o catalán, todos ellos dominadores natos del sonido [sh].

Esta limitación, además, afecta particularmente a las transcripciones de palabras procedentes de grafías no latinas, como el árabe, el chino, el hebreo o el ruso, pero también a la hispanización de términos del inglés, el francés o el italiano, cuyas sh originales pretendemos convertir en eses o, peor aún, en ches. Así, surgen adaptaciones tan chuscas como chou por show, chérif por sheriff, Bachar el Asad por Bashar el Asad, sabbat por shabbat, saría por sharía, etc.

La Ortografía nos dice que si queremos mantener esa sh original —, tan natural ya, como decía más arriba, para la mayoría de los hispanohablantes— en las palabras que la incluyen, y no adaptarla sustituyéndola por ch o s, debemos resaltar aquellas usando la cursiva o las comillas, un recurso ruidoso e indeseable. Creo, por tanto, teniendo en cuenta la terca realidad, que los académicos deberían plantearse dar carta blanca en sus manuales normativos a este dígrafo tan común, extendido y asumido por una nueva generación de españoles acostumbrados a lidiar con él y a quienes no les cuesta ningún esfuerzo identificarlo y pronunciarlo.

Lo mismo sucede con términos tan enraizados en el español como stop o spa. A pesar de que en varios países hispanoamericanos los Stop de tránsito son Alto o Pare y de que para spa tenemos alternativas como balneario, baños o termas, es un hecho que en España las carreteras está inundadas de stops y que a la gente le encanta pasar fines de semana en spas de toda la geografía española. Sin embargo, siguiendo la recomendación académica, debemos escribir tanto stop como spa en cursiva, lo que resulta, cuando menos, forzado. De modo que, desde mi punto de vista,  la Ortografía debería empezar a plantearse admitir excepciones, relajar sus limitaciones morfológicas e integrar en el diccionario estas palabras sin necesidad de resaltarlas topográficamente.

Para ser justos, no obstante, hay que reconocer que la Real Academia Española (no la Real Academia de la Lengua Española, como se ve escrito a menudo) ha empezado a dar muestras de modernidad, de querer reconciliarse con los tiempos, al apostar por la rehabilitación de letras como la k y la w, que hasta hace muy poco estaban prácticamente proscritas y eran casi siempre sustituidas por los dígrafos gu (o ) y qu, así como por la letra c. Es el caso de términos como web, en lugar de güeb; friki, en vez de friqui; wasapear frente a guasapear, wiski en lugar de güisqui, etc.

Ahora solo falta que adapten el díscolo término marketing, que prácticamente nadie sustituye por la opción académica márquetin, recomendada en el DPD —y menos aún por mercadotecnia (salvo en América)—, y que, ya de paso, hagan lo propio con software y hardware. Son cientos las nuevas palabras que lleva recogiendo y adaptando la Academia estos últimos años, como se ha podido leer estos días en muchos medios de comunicación con motivo del cierre de la edición en papel del DRAE, y prácticamente ninguna goza de la popularidad y enraizamiento de las mencionadas marketing, software y hardware.

En el primer caso —marketing—, creo que bastaría con que se cambiase esa qu, que parece no convencer a nadie, por una kmárketin— para que se produjeran muchas más adhesiones (la eliminación de la g final no creo que fuera objeto de mucha controversia), y en cuanto a software y hardware, irreductibles desde hace décadas, teniendo en cuenta la recuperación mencionada de la w como letra plenamente asentada en español, podrían «redondearse» glosando las formas sófwar/sófwer y hárwar/hárwer, con grafías muy cercanas a las de los términos originales. Es solo una idea…

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA

Veamos el siguiente titular: «Alto Volta llama a consultas —‘a capella en grito’— al embajador de Zanzíbar, que atiende al nombre de Mobutu».

¿Cuántos errores has detectado en este supuesto y delirante encabezamiento? Yo veo, al menos, seis…

Dos de ellos son de carácter geográfico, o mejor dicho, geopolítico, por lo que digamos que sirven para añadir un puntito de exotismo a una sección tan «seria», centrada en lengua y traducción, como la que nos ocupa: Alto Volta es Burkina Faso desde 1984 y Zanzíbar, la isla de las especias (‘costa de los negros’, en persa), es una región —una isla— de Tanzania, por lo que, al no ser un Estado soberano, no puede tener embajadores.

Centrémonos, por tanto, en los cuatro errores restantes. Al primero de ellos, el más evidente, y del que también podríamos decir que es de recurso, como los dos anteriores, lo podemos considerar un «error de colocación», pero sobre todo, un error colosal. Tan lamentable y quimérico que si tecleas en Google «a capella en grito», no aparece ni un solo resultado. Y eso debe de ser grave, porque ese mismo buscador devuelve nada menos que 546.000 resultados cuando insertamos en su cajita la voz Mikel Jakson, tal cual (recordemos que lo correcto es Michael Jackson). Nadie en su sano juicio, o que tenga un nivel elemental de español cometería el error de confundir voz con capella. De modo que pasemos ya, sin más «delación», a lo que realmente nos ocupa.

Y para ello, no hace falta salir de la anterior colocación estrambótica —que no bizarra—; en ella encontramos, por fin, un error real, procedente en esta página y, lamentablemente, bastante común: escribir cappella con doble ele, pero una sola pe. No hay más que acudir al Diccionario panhispánico de dudas (DPD) para comprobar que la locución italiana a cappella se escribe en cursiva cuando se utiliza para aludir a la música vocal polifónica que se ejecuta sin acompañamiento instrumental, y en redonda, sin resalte tipográfico y con la grafía adaptada a capela (una sola pe, una sola ele), para referirse, en general, al hecho de cantar sin acompañamiento instrumental —algo que vimos hacer esta misma semana con su himno a los cerca de 50.000 seguidores del Atlético de Madrid que asistieron en directo a la aplastante victoria de su equipo sobre el AC Milan  en el partido de vuelta de octavos de la Liga de Campeones—. Lo que no es apropiado es usar la grafía híbrida a capella, ni en redonda ni en cursiva, como hicieron algunos medios de comunicación y muchas otras webs en sus crónicas del partido mencionado.

Si no me fallan las cuentas, ya solo quedan dos errores por tratar. Empecemos por el de más etiqueta, que además es de concepto: «el Gobierno de X llama a consultas al embajador de Y». Esto, trasladado al mundo del fútbol, sería como si Casillas (Gobierno X), justo antes de que Messi (embajador de Y) le lanzara un penalti —en Copa o en Champions, claro—, se acercara el punto fatídico y le preguntara por dónde lo va a tirar (lo lógico es que si Casillas tiene que llamar a consultas a alguien sea, por ejemplo, a su compañero —embajador— Di María, que conoce muy bien a su compatriota Lio Messi). Diríamos en este caso, trasladando el lenguaje diplomático al fútbol, que Casillas llamó a consultas a Messi, algo a todas luces absurdo. Un Gobierno llama a consultas a sus propios embajadores, no a los de Estados ajenos; cuando se da este segundo caso, lo que se hace es convocar al embajador del país X. Sin embargo, como se puede comprobar al pinchar en este enlace, son muchos los medios que hacen un uso inapropiado de la locución llamar a consultas.

Por último, tenemos al embajador que «atiende al nombre» de Mobutu. En español de España (o españolés, que diría mi excompañero Alberto Gómez Font), entre los múltiples significados del verbo atender está el de ‘llamarse de una determinada manera’. Hasta aquí, bien: el embajador de Zanzíbar se llama Mobutu. El problema es la preposición al, pues tal como recoge el DPD en el punto 4, letra b, de su entrada sobre este verbo tan polisémico: ‘[el verbo atender, con el significado de ‘llamarse de una determinada manera’] siempre va seguido de un complemento precedido de por. Así, lo apropiado habría sido escribir que el embajador de Zanzíbar «atiende por el nombre de Mobutu».

De modo que el titular de este artículo, después de asearlo convenientemente, quedaría como sigue: «Burkina Faso llama a consultas —a capela— a su embajador en Tanzania, que atiende por el nombre de Mobutu».

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA

Creo que fue en mi primer viaje a Londres, allá por el mes de agosto de 1981, cuando sufrí el primer desencuentro con la pronunciación de los nombres propios extranjeros. Confluyeron tres razones para ello: mi melomanía, mi pobre educación en fonética inglesa y mi afición a escuchar las emisoras de radio españolas, en especial los extraordinarios programas de música de Radio 3 («Radio 1, Radio 2, Radio 3: nosotros ponemos tres radios y tú, el resto de la bicicleta», rezaba una de sus promos –ya trataremos este anglicismo en otro momento–), de RNE.

 

En aquella época dorada de la new wave británica triunfaba –no tanto en España, donde sus discos llegaban con cuentagotas– el cantante pop londinense Graham Parker, cuyo disco Squeezing Out Sparks (1979), se había hecho un hueco en la lista de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos, según la revista Rolling Stone. Pues bien, una tarde, hablando de música con unos amigos londinenses de lo más «cañí», como el propio Parker, al preguntarme por mis bandas o solistas británicos preferidos me inflé como un pavo real —suponía que iban a sorprenderse de que un chavalito español lo conociera— y les dije con mi mejor acento, tratando de superar, incluso, el de mi admirado locutor de Radio 3, a quien se lo había escuchado pronunciar más de una vez: «/Ai lav Grájam Páaka/» («I love Graham Parker»).

 

Much to my surprise (siempre me ha gustado esta expresión), es decir, para mi sorpresa, se miraron extrañados y soltaron un What? que me desinfló de inmediato. Lo intenté de nuevo relajando la jota de /Grájam/, pero ni modo; llegué a decir /Póoka/ y hasta /Péeka/, pero seguía sin funcionar. Solo después de mencionarles el título del disco, Squeezing Out Sparks, y de referirme al corte You Can’t Be Too Strong, mi favorito, reaccionaron: «Oh, what you mean is /Gréiam/, /Gréiam Páaka/»…

 

Tres años más tarde, en el verano de 1984, paseando por el centro de Madrid con unos amigos, nos topamos con un grupo de turistas alemanes especialmente comunicativos, todo un hallazgo. No sé por qué, comenzamos a hablar de fútbol (en inglés, pues ninguno de los españoles hablábamos alemán), y en un momento de la conversación me vino a la cabeza el nombre del gran delantero alemán del Werder Bremen, Rudi Völler, a quien admiraba entonces por la combinación de potencia y técnica de su fútbol, algo bastante raro en la liga alemana de la época, y que por esa razón era uno de los jugadores más mencionados en los escasos programas de fútbol internacional de TVE (léase Estudio Estadio, y basta). «To me —les dije— /Rúdi Vóler/ is one of the best central forwards in Europe». Los alemanes pusieron exactamente la misma cara que la que habían puesto los ingleses tres años antes, cuando les había hablado de Grájam Paaka. Después de intentarlo con alternativas como /Rádi Fóller/ y /Riúdi Véller/, a uno de los alemanes, afortunadamente, se le encendió una lucecita y dijo: «Ah, you mean /Gjúdi Féla/!». Acabáramos…

 

Menos mal, pienso a veces, que durante aquella estancia veraniega en Gran Bretaña no se dio la ocasión de hablar con los ingleses que conocí sobre marcas comerciales, porque a saber qué cara me habrían puesto si los hubiera contado que en España consumíamos habitualmente /Eskóch Bríte/, /Colgáte/, /Firestóne/ o /Áfter Sún/, formas que se manejaban —y se siguen manejando—para hablar de /Scótch Bráit/, /Cólgueit/, /Fáiarston/ o /Áfta Sán/…

 

Pero este «déficit» en la pronunciación de extranjerismos no solo nos afecta a los españoles. Recuerdo que un amigo inglés residente en España me contó hace unos años que cuando sus padres visitaron España por primera vez le dijeron que les había encantado el cuesa de Soraia y que se habían quedado sorprendidos por la enorme extensión de Bedéiyas. Se referían —yo nunca lo hubiera adivinado— al queso de Soria y a la provincia de Badajoz…

 

Pero, al fin y al cabo, mi ignorancia y la de los padres de mi amigo británico solo nos afectaron a nosotros y a nuestros interlocutores ocasionales. Digamos, por tanto, que nuestras confusiones fueron meras anécdotas. Pero ¿qué pasa cuando esto les sucede a los profesionales de los medios de comunicación? ¿Cuánta gente se ve afectada por el comentario de un disyóquey radiofónico si, por ejemplo, se refiere al grupo Dire Streats como /Dir Estríts/ o a Rare Earth como /Ráre Jéarz/. ¿Y a un crítico de cine de TV cuando llama /Sin Cóneri/ a /Shon Cóneri/, /Ralf Fáins/ a /Ralf  Fíins/ o /Ríchar Guére a /Ríchard Guíar/? Pues que a sus oyentes les pasará como a mí con /Gréiam Páaka/ o /Gjúdi Féla/, que solo serán entendidos por sus compatriotas, Y eso en el mejor de los casos, porque muchas veces cada locutor pronuncia los nombres propios a su antojo, y mientras que uno llama /Yorch Jágui/ al exfutbolista rumano Gheorghe Hagi (/Gueórgue Háyi/), otro lo llamará /Guíorj Áyi/, y así no habrá quién se entienda.

 

Es cierto que resulta muy difícil estar al día de cómo se pronuncia el enorme caudal de nombres propios extranjeros que llegan a diario y por primera vez a las redacciones de los medios audiovisuales. Desde nombres de políticos árabes, coreanos, rusos o etíopes a topónimos remotos de Afganistán, Ucrania o Islandia. Pero el periodista de hoy en día, a diferencia de lo que les ocurría a los del siglo pasado, que para contrastar la pronunciación de un nombres propio tenían que llamar por teléfono a una embajada, a una delegación de prensa en el extranjero o a algún amigo que viviese en el país originario, dispone de internet, donde hay herramientas que le pueden sacar de sus dudas en cuestión de minutos. A continuación citaré algunas de acceso gratuito que considero especialmente fiables y fáciles de manejar:

 

  1. Wikilengua, inglesa. A diferencia de la edición en español, en esta se ofrece la trascripción fonética internacional de un gran número de nombres propios, y en la mayoría de los casos incluye los audios. No obstante, cuando estos no están disponibles, se puede consultar el alfabeto fonético internacional (IPA, por su sigla inglesa), por ejemplo, en la web http://www.ehowenespanol.com/ipa-como_370466/, que explica cómo hacerlo. Y para escuchar los sonidos representados por cada símbolo, nada mejor que entrar en la web de Paul Meier: http://www.paulmeier.com/ipacharts/.
  2. http://www.forvo.com/. Una especie de wiki sonora basada en las aportaciones de hablantes de todo el mundo que suben los audios de los nombres propios de sus regiones.
  3. http://names.voa.gov/#. La página de nombres propios de Voice of America incluye la pronunciación de miles de nombres de políticos y personalidades de todos los ámbitos sociales del mundo.
  4. http://www.fundeu.es/eurocopa-2012/: Base de datos con la pronunciación de los nombres de cientos de jugadores de fútbol —la mayoría aún en activo—  de varias nacionalidades europeas que participaron enla Eurocopa 2012 de Polonia y Ucrania.

 

Y eso sin mencionar la posibilidad de conectarse a las agencias internacionales de noticias con servicios de audio y vídeo, como Reuters, Associated Press o France Press, o de entrar en webs como las de la BBC, la CNN o YouTube. Basta con teclear en sus buscadores el nombre propio de nuestros desvelos para que aparezcan un montón de resultados en forma de archivos de vídeo y audio.

 

Desde luego, todo sería más fácil si existiera una herramienta exclusiva y en línea, con un buscador potente asociado a una gran base de datos, que nos proporcionara la pronunciación de cualquier nombre propio en cualquier idioma y en cualquier momento, pero hasta que eso suceda —que sucederá—, creo que existen los recursos suficientes para evitar la pronunciación defectuosa de nombres tan populares como, por citar dos de los más maltratados, /Ányela Mérkel/ y /Ártur Más/, en lugar de las formas adecuadas /Ánguela Mérkel/ y /Artúr Más/.

 

En un mundo globalizado como el actual, ya no basta con escribir correctamente los extranjerismos; también conviene saber pronunciarlos. Debemos lograr que cuando alguien diga «¡Pero si lo dicen así en la tele/radio!» nos suene igual que cuando ahora escuchamos «¡Pero si está recogido en el diccionario de la Academia!»…

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA