A veces me pregunto qué sentirán las familias de personas desaparecidas, bien por causa de secuestro, extravío, accidente, detención ilegal o, simplemente, decisión propia (se fueron a comprar tabaco y nunca regresaron) cuando leen en la prensa, un día sí y al otro también, noticias sobre muertos «oficiales» a quienes se califica de desaparecidos.

Noticias como la del título de esta entrada, que podríamos encontrar en cualquier periódico español, pueden provocar confusión en el lector. ¿De qué nos están hablando?: ¿de que alguien cuyo paradero desconocemos había cambiado de vida antes de sufrir un accidente?, ¿de que el accidente, como en el caso del avión de las líneas aéreas malasias, fue lo que provocó la desaparición del sujeto de la noticia? ¿O quizá de que el desaparecido en realidad murió a causa del accidente?

¿Y si la noticia alude a un ciudadano argentino o chileno, por ejemplo, en cuyos países todos sabemos que se produjeron miles de desaparecidos durante las dictaduras militares de los setenta? ¿Qué sucede cuando nos encontramos con noticias como «El desaparecido poeta argentino Rodolfo Walsh visitó Cuba por primera vez en 1959»? Lo más probable es que interpretemos que Walsh, dada su ideología izquierdista, fue desaparecido por la Junta Militar argentina que gobernó el país con mano de hierro entre 1976 y 1983.

Sin embargo, teniendo en cuenta la segunda acepción de desaparecido que recoge el Diccionario académico, ‘eufemismo de muerto, nos quedamos con la duda de si, efectivamente, se considera al poeta desaparecido, es decir, escondido, ocultado, secuestrado, huido, fugado o, simplemente, en paradero desconocido, o por el contrario se lo considera muerto, fallecido, fenecido o extinto.

Como vemos, el castellano dispone de una amplia y variada gama de sinónimos tanto para desaparecido como para muerto, de modo que parece innecesario, además de poco recomendable, abusar del eufemismo desaparecido cuando sabemos a ciencia cierta que nos referimos a alguien que ha fallecido. Curiosamente, diccionarios de un prestigio y rigurosidad fuera de toda duda como el Clave y el María Moliner, por ejemplo, no incluyen en sus páginas la acepción de muerto para la voz desaparecido, lo que resulta muy sintomático.

E igualmente curiosa —y también sintomática— resulta la definición que ofrece el DRAE del vocablo fallecido, en principio, la mejor alternativa a desaparecido si queremos evitar la palabra tabú muerto: ‘Desfallecido, debilitado’ (e incluso añade que se trata de un adjetivo en desuso, anticuado…). Afortunadamente, no sucede lo mismo en los otros diccionarios mencionados, el Clave y el María Moliner, que definen fallecido como ‘Referido a una persona, que ha muerto’.

Considerando, por tanto, la ingente cantidad de noticias que se sirven casi a diario relacionadas con personas desaparecidas, ya sea voluntariamente, por causa de accidente o por haber sido detenidas de forma ilegal, convendría limitar el uso eufemístico del término desaparecido con el significado de muerto. Probablemente los familiares, amigos y conocidos de personas extraviadas o retenidas lo agradecerían…

Pero, volviendo al titular de este artículo, ¿qué hay de ese «había rehecho su vida»?, ¿cómo hemos de interpretarlo? A juzgar por el uso que dan a esta expresión muchos medios de comunicación, deberíamos deducir que el desaparecido se acababa de casar de segundas nupcias o que había comenzado una nueva relación sentimental. Así, por ejemplo, tras la reciente muerte del expresidente del Gobierno Adolfo Suárez (el desaparecido Suárez), se han publicado noticias como esta, muy significativa para el tema que nos ocupa: «Ahora Suárez Illana [su hijo] minimiza su interés y huye de la polémica, aunque es un secreto a voces que sus relaciones con Fernando Romero, el viudo de Mariam y padre de Alejandra [la heredera del ducado de Suárez], son muy tensas, casi inexistentes desde que éste rehizo (sic) su vida». Y ya. Ni una sola explicación de la forma en que Fernando Romero, yerno de Adolfo Suárez, decidió rehacer su vida.

Si consultamos el Diccionario veremos que el verbo rehacer significa —además de ‘Volver a hacer lo que se había deshecho, o hecho mal’— ‘Reponer, reparar, restablecer lo disminuido o deteriorado’. Por su parte, el Clave dice ‘Referido a una persona, dominar una emoción y recuperar la serenidad o el ánimo: “Es difícil rehacerse tras la pérdida de un ser querido”’. Como vemos, en ninguno de los dos diccionarios se menciona la posible colocación «rehacer uno su propia vida» con el significado de ‘establecer una nueva relación sentimental’. Solo el María Moliner nos da una pista, aunque muy pequeña —se intuye en el ejemplo que ofrece—, al respecto. Dice, bajo el lema rehacer: ‘Restablecer o arreglar; particularmente la vida cuando ha quedado deshecha por algún suceso desgraciado: “Después de la separación, consiguió rehacer su vida”’.

De modo que no entiendo por qué si alguien dice que ha rehecho su vida hemos de entender que se ha vuelto a casar o que se ha echado una nueva novia. Creo que son reminiscencias del pasado, de unos tiempos en los que prácticamente nadie podía plantearse una vida plena e independiente sin pasar por la vicaría. Afortunadamente, hoy en día son muchos los singles (ojo, ni siquiera la Fundéu ha sido capaz hasta el momento de ofrecer una alternativa a este anglicismo crudo cuando se refiere a quienes-no-han-rehecho-sus-vidas, así de cruda está la cosa) que se reinventan como tales después de sufrir un quebranto sin necesidad de ejercitar la tradicional simbiosis nupcial. Y creo que la prensa y, en general, toda la sociedad hispanohablante debería tomarlo en cuenta antes de dar por hecho que cuando alguien rehace su vida es porque ha pillao…

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA

Consultor Lingüístico – SeproTec

 

¿A quién no le han contado alguna vez este chascarrillo, que basa su gracia en la aparente paradoja que conlleva la doble pronunciación de un mismo apellido en función de que se le aplique al padre o al hijo? Sin embargo, no puede haber un ejemplo mejor para reflejar la evolución cultural que hemos experimentado en España en los últimos 30 años, una evolución que, como no podía ser de otra forma, también ha afectado a nuestro desempeño en la pronunciación de los nombres extranjeros.

Así, aparte de los Dáglas (o de los Dúglas), hay muchos otros casos que documentan ese tránsito ascendente en la destreza fonética de la sociedad española a lo largo de las últimos décadas. Clark Gable, que para muchos de nuestros padres era [Gar Gáble] (Caracable para sus hijos), se «rehabilitó» como [Clark Géibol] ya a finales del siglo pasado. Lo mismo sucedió con el bueno de Tyrone Power, que del [Tirone Pógüer] paterno paso al más ecuánime [Táiron Páuer] a medida que nos acercábamos al siglo xxi. A [Bíli Güílder] ya hace unos años que lo identificamos por [Bíli Guáilder]; [Marzelo Mastroyáni] pasó a ser [Marchelo Mastroiáni] hace ya tiempo; a [Bur Lancáster] lo empezamos a llamar [Bart Láncaster] en los ochenta, que yo recuerde, y, más recientemente, hemos aprendido que Kylie Minogue no es [Kíli Minóg], sino [Káili Minóg]…

La generalización de la enseñanza del inglés a partir de los años ochenta —en detrimento del francés—, la apertura de España a la Unión Europea y a los mercados internacionales, que ha permitido la entrada de miles de productos nuevos —muchos con nombres impronunciables a primera vista— en nuestros supermercados y centros comerciales; el acceso a las películas de todo el mundo en versión original; la multiplicación de canales de televisión y, sobre todo, la irrupción de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, muchas de cuyas funcionalidades son solo accesibles si nos manejamos en inglés, nos han puesto las pilas.

Esta evolución cultural y social no parece, sin embargo, verse reflejada —al menos en la misma proporción que lo ha hecho la sociedad— en el devenir «oficial» de nuestro idioma, en especial, en las reglas que restringen la adaptación de extranjerismos al español. Así, por ejemplo, es curioso que un dígrafo tan extendido, conocido y dominado en español como es el que forma la sh, siga proscrito en la Ortografía; y no hay más que pasear por la calle o escuchar cualquier programa de radio o televisión para comprobar que la gente pronuncia perfectamente voces como Washington, Shanghái, Shakira, show, sheriff o flash. Y eso sin mencionar a los hispanohablantes argentinos, en especial los bonaerenses, o a los de origen gallego, vasco o catalán, todos ellos dominadores natos del sonido [sh].

Esta limitación, además, afecta particularmente a las transcripciones de palabras procedentes de grafías no latinas, como el árabe, el chino, el hebreo o el ruso, pero también a la hispanización de términos del inglés, el francés o el italiano, cuyas sh originales pretendemos convertir en eses o, peor aún, en ches. Así, surgen adaptaciones tan chuscas como chou por show, chérif por sheriff, Bachar el Asad por Bashar el Asad, sabbat por shabbat, saría por sharía, etc.

La Ortografía nos dice que si queremos mantener esa sh original —, tan natural ya, como decía más arriba, para la mayoría de los hispanohablantes— en las palabras que la incluyen, y no adaptarla sustituyéndola por ch o s, debemos resaltar aquellas usando la cursiva o las comillas, un recurso ruidoso e indeseable. Creo, por tanto, teniendo en cuenta la terca realidad, que los académicos deberían plantearse dar carta blanca en sus manuales normativos a este dígrafo tan común, extendido y asumido por una nueva generación de españoles acostumbrados a lidiar con él y a quienes no les cuesta ningún esfuerzo identificarlo y pronunciarlo.

Lo mismo sucede con términos tan enraizados en el español como stop o spa. A pesar de que en varios países hispanoamericanos los Stop de tránsito son Alto o Pare y de que para spa tenemos alternativas como balneario, baños o termas, es un hecho que en España las carreteras está inundadas de stops y que a la gente le encanta pasar fines de semana en spas de toda la geografía española. Sin embargo, siguiendo la recomendación académica, debemos escribir tanto stop como spa en cursiva, lo que resulta, cuando menos, forzado. De modo que, desde mi punto de vista,  la Ortografía debería empezar a plantearse admitir excepciones, relajar sus limitaciones morfológicas e integrar en el diccionario estas palabras sin necesidad de resaltarlas topográficamente.

Para ser justos, no obstante, hay que reconocer que la Real Academia Española (no la Real Academia de la Lengua Española, como se ve escrito a menudo) ha empezado a dar muestras de modernidad, de querer reconciliarse con los tiempos, al apostar por la rehabilitación de letras como la k y la w, que hasta hace muy poco estaban prácticamente proscritas y eran casi siempre sustituidas por los dígrafos gu (o ) y qu, así como por la letra c. Es el caso de términos como web, en lugar de güeb; friki, en vez de friqui; wasapear frente a guasapear, wiski en lugar de güisqui, etc.

Ahora solo falta que adapten el díscolo término marketing, que prácticamente nadie sustituye por la opción académica márquetin, recomendada en el DPD —y menos aún por mercadotecnia (salvo en América)—, y que, ya de paso, hagan lo propio con software y hardware. Son cientos las nuevas palabras que lleva recogiendo y adaptando la Academia estos últimos años, como se ha podido leer estos días en muchos medios de comunicación con motivo del cierre de la edición en papel del DRAE, y prácticamente ninguna goza de la popularidad y enraizamiento de las mencionadas marketing, software y hardware.

En el primer caso —marketing—, creo que bastaría con que se cambiase esa qu, que parece no convencer a nadie, por una kmárketin— para que se produjeran muchas más adhesiones (la eliminación de la g final no creo que fuera objeto de mucha controversia), y en cuanto a software y hardware, irreductibles desde hace décadas, teniendo en cuenta la recuperación mencionada de la w como letra plenamente asentada en español, podrían «redondearse» glosando las formas sófwar/sófwer y hárwar/hárwer, con grafías muy cercanas a las de los términos originales. Es solo una idea…

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA

Veamos el siguiente titular: «Alto Volta llama a consultas —‘a capella en grito’— al embajador de Zanzíbar, que atiende al nombre de Mobutu».

¿Cuántos errores has detectado en este supuesto y delirante encabezamiento? Yo veo, al menos, seis…

Dos de ellos son de carácter geográfico, o mejor dicho, geopolítico, por lo que digamos que sirven para añadir un puntito de exotismo a una sección tan «seria», centrada en lengua y traducción, como la que nos ocupa: Alto Volta es Burkina Faso desde 1984 y Zanzíbar, la isla de las especias (‘costa de los negros’, en persa), es una región —una isla— de Tanzania, por lo que, al no ser un Estado soberano, no puede tener embajadores.

Centrémonos, por tanto, en los cuatro errores restantes. Al primero de ellos, el más evidente, y del que también podríamos decir que es de recurso, como los dos anteriores, lo podemos considerar un «error de colocación», pero sobre todo, un error colosal. Tan lamentable y quimérico que si tecleas en Google «a capella en grito», no aparece ni un solo resultado. Y eso debe de ser grave, porque ese mismo buscador devuelve nada menos que 546.000 resultados cuando insertamos en su cajita la voz Mikel Jakson, tal cual (recordemos que lo correcto es Michael Jackson). Nadie en su sano juicio, o que tenga un nivel elemental de español cometería el error de confundir voz con capella. De modo que pasemos ya, sin más «delación», a lo que realmente nos ocupa.

Y para ello, no hace falta salir de la anterior colocación estrambótica —que no bizarra—; en ella encontramos, por fin, un error real, procedente en esta página y, lamentablemente, bastante común: escribir cappella con doble ele, pero una sola pe. No hay más que acudir al Diccionario panhispánico de dudas (DPD) para comprobar que la locución italiana a cappella se escribe en cursiva cuando se utiliza para aludir a la música vocal polifónica que se ejecuta sin acompañamiento instrumental, y en redonda, sin resalte tipográfico y con la grafía adaptada a capela (una sola pe, una sola ele), para referirse, en general, al hecho de cantar sin acompañamiento instrumental —algo que vimos hacer esta misma semana con su himno a los cerca de 50.000 seguidores del Atlético de Madrid que asistieron en directo a la aplastante victoria de su equipo sobre el AC Milan  en el partido de vuelta de octavos de la Liga de Campeones—. Lo que no es apropiado es usar la grafía híbrida a capella, ni en redonda ni en cursiva, como hicieron algunos medios de comunicación y muchas otras webs en sus crónicas del partido mencionado.

Si no me fallan las cuentas, ya solo quedan dos errores por tratar. Empecemos por el de más etiqueta, que además es de concepto: «el Gobierno de X llama a consultas al embajador de Y». Esto, trasladado al mundo del fútbol, sería como si Casillas (Gobierno X), justo antes de que Messi (embajador de Y) le lanzara un penalti —en Copa o en Champions, claro—, se acercara el punto fatídico y le preguntara por dónde lo va a tirar (lo lógico es que si Casillas tiene que llamar a consultas a alguien sea, por ejemplo, a su compañero —embajador— Di María, que conoce muy bien a su compatriota Lio Messi). Diríamos en este caso, trasladando el lenguaje diplomático al fútbol, que Casillas llamó a consultas a Messi, algo a todas luces absurdo. Un Gobierno llama a consultas a sus propios embajadores, no a los de Estados ajenos; cuando se da este segundo caso, lo que se hace es convocar al embajador del país X. Sin embargo, como se puede comprobar al pinchar en este enlace, son muchos los medios que hacen un uso inapropiado de la locución llamar a consultas.

Por último, tenemos al embajador que «atiende al nombre» de Mobutu. En español de España (o españolés, que diría mi excompañero Alberto Gómez Font), entre los múltiples significados del verbo atender está el de ‘llamarse de una determinada manera’. Hasta aquí, bien: el embajador de Zanzíbar se llama Mobutu. El problema es la preposición al, pues tal como recoge el DPD en el punto 4, letra b, de su entrada sobre este verbo tan polisémico: ‘[el verbo atender, con el significado de ‘llamarse de una determinada manera’] siempre va seguido de un complemento precedido de por. Así, lo apropiado habría sido escribir que el embajador de Zanzíbar «atiende por el nombre de Mobutu».

De modo que el titular de este artículo, después de asearlo convenientemente, quedaría como sigue: «Burkina Faso llama a consultas —a capela— a su embajador en Tanzania, que atiende por el nombre de Mobutu».

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA

Creo que fue en mi primer viaje a Londres, allá por el mes de agosto de 1981, cuando sufrí el primer desencuentro con la pronunciación de los nombres propios extranjeros. Confluyeron tres razones para ello: mi melomanía, mi pobre educación en fonética inglesa y mi afición a escuchar las emisoras de radio españolas, en especial los extraordinarios programas de música de Radio 3 («Radio 1, Radio 2, Radio 3: nosotros ponemos tres radios y tú, el resto de la bicicleta», rezaba una de sus promos –ya trataremos este anglicismo en otro momento–), de RNE.

 

En aquella época dorada de la new wave británica triunfaba –no tanto en España, donde sus discos llegaban con cuentagotas– el cantante pop londinense Graham Parker, cuyo disco Squeezing Out Sparks (1979), se había hecho un hueco en la lista de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos, según la revista Rolling Stone. Pues bien, una tarde, hablando de música con unos amigos londinenses de lo más «cañí», como el propio Parker, al preguntarme por mis bandas o solistas británicos preferidos me inflé como un pavo real —suponía que iban a sorprenderse de que un chavalito español lo conociera— y les dije con mi mejor acento, tratando de superar, incluso, el de mi admirado locutor de Radio 3, a quien se lo había escuchado pronunciar más de una vez: «/Ai lav Grájam Páaka/» («I love Graham Parker»).

 

Much to my surprise (siempre me ha gustado esta expresión), es decir, para mi sorpresa, se miraron extrañados y soltaron un What? que me desinfló de inmediato. Lo intenté de nuevo relajando la jota de /Grájam/, pero ni modo; llegué a decir /Póoka/ y hasta /Péeka/, pero seguía sin funcionar. Solo después de mencionarles el título del disco, Squeezing Out Sparks, y de referirme al corte You Can’t Be Too Strong, mi favorito, reaccionaron: «Oh, what you mean is /Gréiam/, /Gréiam Páaka/»…

 

Tres años más tarde, en el verano de 1984, paseando por el centro de Madrid con unos amigos, nos topamos con un grupo de turistas alemanes especialmente comunicativos, todo un hallazgo. No sé por qué, comenzamos a hablar de fútbol (en inglés, pues ninguno de los españoles hablábamos alemán), y en un momento de la conversación me vino a la cabeza el nombre del gran delantero alemán del Werder Bremen, Rudi Völler, a quien admiraba entonces por la combinación de potencia y técnica de su fútbol, algo bastante raro en la liga alemana de la época, y que por esa razón era uno de los jugadores más mencionados en los escasos programas de fútbol internacional de TVE (léase Estudio Estadio, y basta). «To me —les dije— /Rúdi Vóler/ is one of the best central forwards in Europe». Los alemanes pusieron exactamente la misma cara que la que habían puesto los ingleses tres años antes, cuando les había hablado de Grájam Paaka. Después de intentarlo con alternativas como /Rádi Fóller/ y /Riúdi Véller/, a uno de los alemanes, afortunadamente, se le encendió una lucecita y dijo: «Ah, you mean /Gjúdi Féla/!». Acabáramos…

 

Menos mal, pienso a veces, que durante aquella estancia veraniega en Gran Bretaña no se dio la ocasión de hablar con los ingleses que conocí sobre marcas comerciales, porque a saber qué cara me habrían puesto si los hubiera contado que en España consumíamos habitualmente /Eskóch Bríte/, /Colgáte/, /Firestóne/ o /Áfter Sún/, formas que se manejaban —y se siguen manejando—para hablar de /Scótch Bráit/, /Cólgueit/, /Fáiarston/ o /Áfta Sán/…

 

Pero este «déficit» en la pronunciación de extranjerismos no solo nos afecta a los españoles. Recuerdo que un amigo inglés residente en España me contó hace unos años que cuando sus padres visitaron España por primera vez le dijeron que les había encantado el cuesa de Soraia y que se habían quedado sorprendidos por la enorme extensión de Bedéiyas. Se referían —yo nunca lo hubiera adivinado— al queso de Soria y a la provincia de Badajoz…

 

Pero, al fin y al cabo, mi ignorancia y la de los padres de mi amigo británico solo nos afectaron a nosotros y a nuestros interlocutores ocasionales. Digamos, por tanto, que nuestras confusiones fueron meras anécdotas. Pero ¿qué pasa cuando esto les sucede a los profesionales de los medios de comunicación? ¿Cuánta gente se ve afectada por el comentario de un disyóquey radiofónico si, por ejemplo, se refiere al grupo Dire Streats como /Dir Estríts/ o a Rare Earth como /Ráre Jéarz/. ¿Y a un crítico de cine de TV cuando llama /Sin Cóneri/ a /Shon Cóneri/, /Ralf Fáins/ a /Ralf  Fíins/ o /Ríchar Guére a /Ríchard Guíar/? Pues que a sus oyentes les pasará como a mí con /Gréiam Páaka/ o /Gjúdi Féla/, que solo serán entendidos por sus compatriotas, Y eso en el mejor de los casos, porque muchas veces cada locutor pronuncia los nombres propios a su antojo, y mientras que uno llama /Yorch Jágui/ al exfutbolista rumano Gheorghe Hagi (/Gueórgue Háyi/), otro lo llamará /Guíorj Áyi/, y así no habrá quién se entienda.

 

Es cierto que resulta muy difícil estar al día de cómo se pronuncia el enorme caudal de nombres propios extranjeros que llegan a diario y por primera vez a las redacciones de los medios audiovisuales. Desde nombres de políticos árabes, coreanos, rusos o etíopes a topónimos remotos de Afganistán, Ucrania o Islandia. Pero el periodista de hoy en día, a diferencia de lo que les ocurría a los del siglo pasado, que para contrastar la pronunciación de un nombres propio tenían que llamar por teléfono a una embajada, a una delegación de prensa en el extranjero o a algún amigo que viviese en el país originario, dispone de internet, donde hay herramientas que le pueden sacar de sus dudas en cuestión de minutos. A continuación citaré algunas de acceso gratuito que considero especialmente fiables y fáciles de manejar:

 

  1. Wikilengua, inglesa. A diferencia de la edición en español, en esta se ofrece la trascripción fonética internacional de un gran número de nombres propios, y en la mayoría de los casos incluye los audios. No obstante, cuando estos no están disponibles, se puede consultar el alfabeto fonético internacional (IPA, por su sigla inglesa), por ejemplo, en la web http://www.ehowenespanol.com/ipa-como_370466/, que explica cómo hacerlo. Y para escuchar los sonidos representados por cada símbolo, nada mejor que entrar en la web de Paul Meier: http://www.paulmeier.com/ipacharts/.
  2. http://www.forvo.com/. Una especie de wiki sonora basada en las aportaciones de hablantes de todo el mundo que suben los audios de los nombres propios de sus regiones.
  3. http://names.voa.gov/#. La página de nombres propios de Voice of America incluye la pronunciación de miles de nombres de políticos y personalidades de todos los ámbitos sociales del mundo.
  4. http://www.fundeu.es/eurocopa-2012/: Base de datos con la pronunciación de los nombres de cientos de jugadores de fútbol —la mayoría aún en activo—  de varias nacionalidades europeas que participaron enla Eurocopa 2012 de Polonia y Ucrania.

 

Y eso sin mencionar la posibilidad de conectarse a las agencias internacionales de noticias con servicios de audio y vídeo, como Reuters, Associated Press o France Press, o de entrar en webs como las de la BBC, la CNN o YouTube. Basta con teclear en sus buscadores el nombre propio de nuestros desvelos para que aparezcan un montón de resultados en forma de archivos de vídeo y audio.

 

Desde luego, todo sería más fácil si existiera una herramienta exclusiva y en línea, con un buscador potente asociado a una gran base de datos, que nos proporcionara la pronunciación de cualquier nombre propio en cualquier idioma y en cualquier momento, pero hasta que eso suceda —que sucederá—, creo que existen los recursos suficientes para evitar la pronunciación defectuosa de nombres tan populares como, por citar dos de los más maltratados, /Ányela Mérkel/ y /Ártur Más/, en lugar de las formas adecuadas /Ánguela Mérkel/ y /Artúr Más/.

 

En un mundo globalizado como el actual, ya no basta con escribir correctamente los extranjerismos; también conviene saber pronunciarlos. Debemos lograr que cuando alguien diga «¡Pero si lo dicen así en la tele/radio!» nos suene igual que cuando ahora escuchamos «¡Pero si está recogido en el diccionario de la Academia!»…

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA

 

Fue en la primavera del 2012 cuando tuve la ocasión de conocer Seprotec. Yo trabajaba entonces como redactor de recomendaciones y responsable de Expansión y Patrocinios en la Fundéu BBVA, y entre mis funciones estaba la de buscar sinergias con empresas e instituciones interesadas en contribuir con los objetivos fundacionales de la organización: básicamente, la defensa de un español saneado y culto en los medios de comunicación de España e Hispanoamérica.

 

Seprotec se dirigió a nosotros en términos kennedynianos: no dijeron qué puede hacer la Fundéu por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por la Fundéu. Conocían bien nuestra labor y estaban dispuestos a echarnos una mano con sus armas, armas de las que nosotros carecíamos y que podrían resultar muy importantes para complementar nuestra tarea de apoyo lingüístico a los periodistas y comunicadores: la traducción y la interpretación.

 

Hasta entonces la Fundéu solo se había dedicado a publicar píldoras lingüísticas, recomendaciones de buen uso del español dirigidas principalmente a los profesionales de la prensa, de la lengua escrita. La aparición de Seprotec nos brindaba la posibilidad de entrar también en la lengua oral, la herramienta principal de los comunicadores de radio y televisión, tan necesitados a veces de contar con un referente autorizado para saber cómo pronunciar los miles de topónimos y nombres propios extranjeros que aparecen constantemente en sus teletipos.

 

Y, precisamente, ese verano, a apenas un mes vista de nuestro primer encuentro con Seprotec, se celebraba la Eurocopa de Fútbol 2012 en Polonia y Ucrania, una competición que aseguraba un extraordinario eco mediático y en la que se darían cita 16 selecciones nacionales, cada una de ellas con su propia lengua y sus propias peculiaridades idiomáticas, muchas tremendamente complicadas para los hispanohablantes. Era la ocasión perfecta para que la Fundéu y Seprotec uniesen sus fuerzas y elaborasen una herramienta que permitiese a los profesionales de los medios audiovisuales disponer de una referencia fiable y completa para sentirse seguros a la hora de locutar sin complejos los nombres de jugadores, técnicos, árbitros, etc., de origen serbio, ucranio, polaco o turco que confluirían en el campeonato.

 

Y así surgió, en un plazo récord de apenas tres semanas de preparación, un trabajo intenso, comprometido y entusiasta, la flamante Guía útil de pronunciación para periodistas – Eurocopa 2012, un manual a la medida no solo de los periodistas deportivos, sino de todas las personas interesadas en conocer la peculiaridades fonéticas de gran parte de los idiomas hablados en Europa —en muchos casos, bastante desconocidos— a través de lo que se ha dado en llamar la fiesta del fútbol.

 

La Guía tuvo un éxito enorme, llegando a trascender las fronteras hispanas y a ser mencionada en espacios informativos de medios tan prestigiosos como la televisión pública alemana ZDF, que en uno de sus programas nocturnos la ponderó como una herramienta muy oportuna y de gran utilidad. Y todo ello gracias a la generosidad y al espíritu de servicio de Seprotec y la Fundéu BBVA.

 

Cuento todo esto porque hoy, dos años después de aquel primer encuentro, la misma compañía que se ofreció a llevar a cabo el proyecto en unos plazos que parecían inviables y poniendo a disposición de la Fundéu sus recursos y su equipo de una forma totalmente desinteresada, me da la oportunidad de colaborar con ellos en la redacción y seguimiento de una nueva sección de su Seproteca, un espacio semanal titulado Sepropíldoras de lengua en el que trataré de abordar las dudas y dificultades más habituales de nuestro idioma (ortotipográficas, léxicas, sintácticas…) así como de alentar el debate en torno a los extranjerismos más irreductibles en español: cuándo se antojan necesarios o irremplazables, cuándo su uso responde a la pereza o, simplemente, a una cuestión de prestigio social (mal entendido, probablemente); cómo abordar su traducción; qué manuales, corpus, webs, medios de comunicación… pueden resultarnos más útiles como referencias fiables y autorizadas, etc.

 

Soy consciente de que en la comunidad seprotequista habrá gente más sabia y experimentada que yo. Será un placer contar con sus aportaciones y sus críticas para hacer de esta sección un espacio de servicio rico, abierto y tolerante. Considero que los traductores hemos de estar a la vanguardia del buen uso del lenguaje, de modo que nuestro público objetivo, la sociedad en su conjunto, se beneficie de nuestro buen hacer y encuentre cada día más claros e inteligibles los mensajes que recibe a través de los medios de comunicación, la literatura, la publicidad, el cine, el ocio… No hay que olvidar que casi el 90 % de la producción escrita que leemos a diario procede de traducciones. Conocer bien nuestra propia lengua y ser autocríticos y capaces de reflexionar sobre ella permanentemente parece, por tanto, fundamental.

 

En esta primera entrega, dado lo extenso de la presentación, me limitaré a invitaros a acceder a la subcategoría de recomendaciones sobre traducción de la Fundéu, donde encontraréis cerca de 200 píldoras de la Fundación sobre extranjerismos habituales y sus correspondencias en español.

 

Términos como wearable technologies, paywall, offshore o tifo, todos ellos de gran actualidad —no olvidemos que la Fundéu trabaja en el seno de la Agencia Efe, al ritmo que impone la actualidad informativa—, quedan recogidos en ellas. Si al descubrirlas o releerlas encontráis que su enfoque no es el más adecuado o preciso, que alguna o varias de sus propuestas de traducción no responden a los conceptos o realidades subyacentes en los términos originales, será un placer leer vuestros comentarios en esta página para establecer el oportuno debate.

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA