[Kirk Dúglas], padre de [Máikel Dáglas]

marzo 21st, 2014 | Posted by admin in Sepropíldoras

¿A quién no le han contado alguna vez este chascarrillo, que basa su gracia en la aparente paradoja que conlleva la doble pronunciación de un mismo apellido en función de que se le aplique al padre o al hijo? Sin embargo, no puede haber un ejemplo mejor para reflejar la evolución cultural que hemos experimentado en España en los últimos 30 años, una evolución que, como no podía ser de otra forma, también ha afectado a nuestro desempeño en la pronunciación de los nombres extranjeros.

Así, aparte de los Dáglas (o de los Dúglas), hay muchos otros casos que documentan ese tránsito ascendente en la destreza fonética de la sociedad española a lo largo de las últimos décadas. Clark Gable, que para muchos de nuestros padres era [Gar Gáble] (Caracable para sus hijos), se «rehabilitó» como [Clark Géibol] ya a finales del siglo pasado. Lo mismo sucedió con el bueno de Tyrone Power, que del [Tirone Pógüer] paterno paso al más ecuánime [Táiron Páuer] a medida que nos acercábamos al siglo xxi. A [Bíli Güílder] ya hace unos años que lo identificamos por [Bíli Guáilder]; [Marzelo Mastroyáni] pasó a ser [Marchelo Mastroiáni] hace ya tiempo; a [Bur Lancáster] lo empezamos a llamar [Bart Láncaster] en los ochenta, que yo recuerde, y, más recientemente, hemos aprendido que Kylie Minogue no es [Kíli Minóg], sino [Káili Minóg]…

La generalización de la enseñanza del inglés a partir de los años ochenta —en detrimento del francés—, la apertura de España a la Unión Europea y a los mercados internacionales, que ha permitido la entrada de miles de productos nuevos —muchos con nombres impronunciables a primera vista— en nuestros supermercados y centros comerciales; el acceso a las películas de todo el mundo en versión original; la multiplicación de canales de televisión y, sobre todo, la irrupción de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, muchas de cuyas funcionalidades son solo accesibles si nos manejamos en inglés, nos han puesto las pilas.

Esta evolución cultural y social no parece, sin embargo, verse reflejada —al menos en la misma proporción que lo ha hecho la sociedad— en el devenir «oficial» de nuestro idioma, en especial, en las reglas que restringen la adaptación de extranjerismos al español. Así, por ejemplo, es curioso que un dígrafo tan extendido, conocido y dominado en español como es el que forma la sh, siga proscrito en la Ortografía; y no hay más que pasear por la calle o escuchar cualquier programa de radio o televisión para comprobar que la gente pronuncia perfectamente voces como Washington, Shanghái, Shakira, show, sheriff o flash. Y eso sin mencionar a los hispanohablantes argentinos, en especial los bonaerenses, o a los de origen gallego, vasco o catalán, todos ellos dominadores natos del sonido [sh].

Esta limitación, además, afecta particularmente a las transcripciones de palabras procedentes de grafías no latinas, como el árabe, el chino, el hebreo o el ruso, pero también a la hispanización de términos del inglés, el francés o el italiano, cuyas sh originales pretendemos convertir en eses o, peor aún, en ches. Así, surgen adaptaciones tan chuscas como chou por show, chérif por sheriff, Bachar el Asad por Bashar el Asad, sabbat por shabbat, saría por sharía, etc.

La Ortografía nos dice que si queremos mantener esa sh original —, tan natural ya, como decía más arriba, para la mayoría de los hispanohablantes— en las palabras que la incluyen, y no adaptarla sustituyéndola por ch o s, debemos resaltar aquellas usando la cursiva o las comillas, un recurso ruidoso e indeseable. Creo, por tanto, teniendo en cuenta la terca realidad, que los académicos deberían plantearse dar carta blanca en sus manuales normativos a este dígrafo tan común, extendido y asumido por una nueva generación de españoles acostumbrados a lidiar con él y a quienes no les cuesta ningún esfuerzo identificarlo y pronunciarlo.

Lo mismo sucede con términos tan enraizados en el español como stop o spa. A pesar de que en varios países hispanoamericanos los Stop de tránsito son Alto o Pare y de que para spa tenemos alternativas como balneario, baños o termas, es un hecho que en España las carreteras está inundadas de stops y que a la gente le encanta pasar fines de semana en spas de toda la geografía española. Sin embargo, siguiendo la recomendación académica, debemos escribir tanto stop como spa en cursiva, lo que resulta, cuando menos, forzado. De modo que, desde mi punto de vista,  la Ortografía debería empezar a plantearse admitir excepciones, relajar sus limitaciones morfológicas e integrar en el diccionario estas palabras sin necesidad de resaltarlas topográficamente.

Para ser justos, no obstante, hay que reconocer que la Real Academia Española (no la Real Academia de la Lengua Española, como se ve escrito a menudo) ha empezado a dar muestras de modernidad, de querer reconciliarse con los tiempos, al apostar por la rehabilitación de letras como la k y la w, que hasta hace muy poco estaban prácticamente proscritas y eran casi siempre sustituidas por los dígrafos gu (o ) y qu, así como por la letra c. Es el caso de términos como web, en lugar de güeb; friki, en vez de friqui; wasapear frente a guasapear, wiski en lugar de güisqui, etc.

Ahora solo falta que adapten el díscolo término marketing, que prácticamente nadie sustituye por la opción académica márquetin, recomendada en el DPD —y menos aún por mercadotecnia (salvo en América)—, y que, ya de paso, hagan lo propio con software y hardware. Son cientos las nuevas palabras que lleva recogiendo y adaptando la Academia estos últimos años, como se ha podido leer estos días en muchos medios de comunicación con motivo del cierre de la edición en papel del DRAE, y prácticamente ninguna goza de la popularidad y enraizamiento de las mencionadas marketing, software y hardware.

En el primer caso —marketing—, creo que bastaría con que se cambiase esa qu, que parece no convencer a nadie, por una kmárketin— para que se produjeran muchas más adhesiones (la eliminación de la g final no creo que fuera objeto de mucha controversia), y en cuanto a software y hardware, irreductibles desde hace décadas, teniendo en cuenta la recuperación mencionada de la w como letra plenamente asentada en español, podrían «redondearse» glosando las formas sófwar/sófwer y hárwar/hárwer, con grafías muy cercanas a las de los términos originales. Es solo una idea…

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA

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