Creo que fue en mi primer viaje a Londres, allá por el mes de agosto de 1981, cuando sufrí el primer desencuentro con la pronunciación de los nombres propios extranjeros. Confluyeron tres razones para ello: mi melomanía, mi pobre educación en fonética inglesa y mi afición a escuchar las emisoras de radio españolas, en especial los extraordinarios programas de música de Radio 3 («Radio 1, Radio 2, Radio 3: nosotros ponemos tres radios y tú, el resto de la bicicleta», rezaba una de sus promos –ya trataremos este anglicismo en otro momento–), de RNE.

 

En aquella época dorada de la new wave británica triunfaba –no tanto en España, donde sus discos llegaban con cuentagotas– el cantante pop londinense Graham Parker, cuyo disco Squeezing Out Sparks (1979), se había hecho un hueco en la lista de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos, según la revista Rolling Stone. Pues bien, una tarde, hablando de música con unos amigos londinenses de lo más «cañí», como el propio Parker, al preguntarme por mis bandas o solistas británicos preferidos me inflé como un pavo real —suponía que iban a sorprenderse de que un chavalito español lo conociera— y les dije con mi mejor acento, tratando de superar, incluso, el de mi admirado locutor de Radio 3, a quien se lo había escuchado pronunciar más de una vez: «/Ai lav Grájam Páaka/» («I love Graham Parker»).

 

Much to my surprise (siempre me ha gustado esta expresión), es decir, para mi sorpresa, se miraron extrañados y soltaron un What? que me desinfló de inmediato. Lo intenté de nuevo relajando la jota de /Grájam/, pero ni modo; llegué a decir /Póoka/ y hasta /Péeka/, pero seguía sin funcionar. Solo después de mencionarles el título del disco, Squeezing Out Sparks, y de referirme al corte You Can’t Be Too Strong, mi favorito, reaccionaron: «Oh, what you mean is /Gréiam/, /Gréiam Páaka/»…

 

Tres años más tarde, en el verano de 1984, paseando por el centro de Madrid con unos amigos, nos topamos con un grupo de turistas alemanes especialmente comunicativos, todo un hallazgo. No sé por qué, comenzamos a hablar de fútbol (en inglés, pues ninguno de los españoles hablábamos alemán), y en un momento de la conversación me vino a la cabeza el nombre del gran delantero alemán del Werder Bremen, Rudi Völler, a quien admiraba entonces por la combinación de potencia y técnica de su fútbol, algo bastante raro en la liga alemana de la época, y que por esa razón era uno de los jugadores más mencionados en los escasos programas de fútbol internacional de TVE (léase Estudio Estadio, y basta). «To me —les dije— /Rúdi Vóler/ is one of the best central forwards in Europe». Los alemanes pusieron exactamente la misma cara que la que habían puesto los ingleses tres años antes, cuando les había hablado de Grájam Paaka. Después de intentarlo con alternativas como /Rádi Fóller/ y /Riúdi Véller/, a uno de los alemanes, afortunadamente, se le encendió una lucecita y dijo: «Ah, you mean /Gjúdi Féla/!». Acabáramos…

 

Menos mal, pienso a veces, que durante aquella estancia veraniega en Gran Bretaña no se dio la ocasión de hablar con los ingleses que conocí sobre marcas comerciales, porque a saber qué cara me habrían puesto si los hubiera contado que en España consumíamos habitualmente /Eskóch Bríte/, /Colgáte/, /Firestóne/ o /Áfter Sún/, formas que se manejaban —y se siguen manejando—para hablar de /Scótch Bráit/, /Cólgueit/, /Fáiarston/ o /Áfta Sán/…

 

Pero este «déficit» en la pronunciación de extranjerismos no solo nos afecta a los españoles. Recuerdo que un amigo inglés residente en España me contó hace unos años que cuando sus padres visitaron España por primera vez le dijeron que les había encantado el cuesa de Soraia y que se habían quedado sorprendidos por la enorme extensión de Bedéiyas. Se referían —yo nunca lo hubiera adivinado— al queso de Soria y a la provincia de Badajoz…

 

Pero, al fin y al cabo, mi ignorancia y la de los padres de mi amigo británico solo nos afectaron a nosotros y a nuestros interlocutores ocasionales. Digamos, por tanto, que nuestras confusiones fueron meras anécdotas. Pero ¿qué pasa cuando esto les sucede a los profesionales de los medios de comunicación? ¿Cuánta gente se ve afectada por el comentario de un disyóquey radiofónico si, por ejemplo, se refiere al grupo Dire Streats como /Dir Estríts/ o a Rare Earth como /Ráre Jéarz/. ¿Y a un crítico de cine de TV cuando llama /Sin Cóneri/ a /Shon Cóneri/, /Ralf Fáins/ a /Ralf  Fíins/ o /Ríchar Guére a /Ríchard Guíar/? Pues que a sus oyentes les pasará como a mí con /Gréiam Páaka/ o /Gjúdi Féla/, que solo serán entendidos por sus compatriotas, Y eso en el mejor de los casos, porque muchas veces cada locutor pronuncia los nombres propios a su antojo, y mientras que uno llama /Yorch Jágui/ al exfutbolista rumano Gheorghe Hagi (/Gueórgue Háyi/), otro lo llamará /Guíorj Áyi/, y así no habrá quién se entienda.

 

Es cierto que resulta muy difícil estar al día de cómo se pronuncia el enorme caudal de nombres propios extranjeros que llegan a diario y por primera vez a las redacciones de los medios audiovisuales. Desde nombres de políticos árabes, coreanos, rusos o etíopes a topónimos remotos de Afganistán, Ucrania o Islandia. Pero el periodista de hoy en día, a diferencia de lo que les ocurría a los del siglo pasado, que para contrastar la pronunciación de un nombres propio tenían que llamar por teléfono a una embajada, a una delegación de prensa en el extranjero o a algún amigo que viviese en el país originario, dispone de internet, donde hay herramientas que le pueden sacar de sus dudas en cuestión de minutos. A continuación citaré algunas de acceso gratuito que considero especialmente fiables y fáciles de manejar:

 

  1. Wikilengua, inglesa. A diferencia de la edición en español, en esta se ofrece la trascripción fonética internacional de un gran número de nombres propios, y en la mayoría de los casos incluye los audios. No obstante, cuando estos no están disponibles, se puede consultar el alfabeto fonético internacional (IPA, por su sigla inglesa), por ejemplo, en la web http://www.ehowenespanol.com/ipa-como_370466/, que explica cómo hacerlo. Y para escuchar los sonidos representados por cada símbolo, nada mejor que entrar en la web de Paul Meier: http://www.paulmeier.com/ipacharts/.
  2. http://www.forvo.com/. Una especie de wiki sonora basada en las aportaciones de hablantes de todo el mundo que suben los audios de los nombres propios de sus regiones.
  3. http://names.voa.gov/#. La página de nombres propios de Voice of America incluye la pronunciación de miles de nombres de políticos y personalidades de todos los ámbitos sociales del mundo.
  4. http://www.fundeu.es/eurocopa-2012/: Base de datos con la pronunciación de los nombres de cientos de jugadores de fútbol —la mayoría aún en activo—  de varias nacionalidades europeas que participaron enla Eurocopa 2012 de Polonia y Ucrania.

 

Y eso sin mencionar la posibilidad de conectarse a las agencias internacionales de noticias con servicios de audio y vídeo, como Reuters, Associated Press o France Press, o de entrar en webs como las de la BBC, la CNN o YouTube. Basta con teclear en sus buscadores el nombre propio de nuestros desvelos para que aparezcan un montón de resultados en forma de archivos de vídeo y audio.

 

Desde luego, todo sería más fácil si existiera una herramienta exclusiva y en línea, con un buscador potente asociado a una gran base de datos, que nos proporcionara la pronunciación de cualquier nombre propio en cualquier idioma y en cualquier momento, pero hasta que eso suceda —que sucederá—, creo que existen los recursos suficientes para evitar la pronunciación defectuosa de nombres tan populares como, por citar dos de los más maltratados, /Ányela Mérkel/ y /Ártur Más/, en lugar de las formas adecuadas /Ánguela Mérkel/ y /Artúr Más/.

 

En un mundo globalizado como el actual, ya no basta con escribir correctamente los extranjerismos; también conviene saber pronunciarlos. Debemos lograr que cuando alguien diga «¡Pero si lo dicen así en la tele/radio!» nos suene igual que cuando ahora escuchamos «¡Pero si está recogido en el diccionario de la Academia!»…

 

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA

 

Fue en la primavera del 2012 cuando tuve la ocasión de conocer Seprotec. Yo trabajaba entonces como redactor de recomendaciones y responsable de Expansión y Patrocinios en la Fundéu BBVA, y entre mis funciones estaba la de buscar sinergias con empresas e instituciones interesadas en contribuir con los objetivos fundacionales de la organización: básicamente, la defensa de un español saneado y culto en los medios de comunicación de España e Hispanoamérica.

 

Seprotec se dirigió a nosotros en términos kennedynianos: no dijeron qué puede hacer la Fundéu por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por la Fundéu. Conocían bien nuestra labor y estaban dispuestos a echarnos una mano con sus armas, armas de las que nosotros carecíamos y que podrían resultar muy importantes para complementar nuestra tarea de apoyo lingüístico a los periodistas y comunicadores: la traducción y la interpretación.

 

Hasta entonces la Fundéu solo se había dedicado a publicar píldoras lingüísticas, recomendaciones de buen uso del español dirigidas principalmente a los profesionales de la prensa, de la lengua escrita. La aparición de Seprotec nos brindaba la posibilidad de entrar también en la lengua oral, la herramienta principal de los comunicadores de radio y televisión, tan necesitados a veces de contar con un referente autorizado para saber cómo pronunciar los miles de topónimos y nombres propios extranjeros que aparecen constantemente en sus teletipos.

 

Y, precisamente, ese verano, a apenas un mes vista de nuestro primer encuentro con Seprotec, se celebraba la Eurocopa de Fútbol 2012 en Polonia y Ucrania, una competición que aseguraba un extraordinario eco mediático y en la que se darían cita 16 selecciones nacionales, cada una de ellas con su propia lengua y sus propias peculiaridades idiomáticas, muchas tremendamente complicadas para los hispanohablantes. Era la ocasión perfecta para que la Fundéu y Seprotec uniesen sus fuerzas y elaborasen una herramienta que permitiese a los profesionales de los medios audiovisuales disponer de una referencia fiable y completa para sentirse seguros a la hora de locutar sin complejos los nombres de jugadores, técnicos, árbitros, etc., de origen serbio, ucranio, polaco o turco que confluirían en el campeonato.

 

Y así surgió, en un plazo récord de apenas tres semanas de preparación, un trabajo intenso, comprometido y entusiasta, la flamante Guía útil de pronunciación para periodistas – Eurocopa 2012, un manual a la medida no solo de los periodistas deportivos, sino de todas las personas interesadas en conocer la peculiaridades fonéticas de gran parte de los idiomas hablados en Europa —en muchos casos, bastante desconocidos— a través de lo que se ha dado en llamar la fiesta del fútbol.

 

La Guía tuvo un éxito enorme, llegando a trascender las fronteras hispanas y a ser mencionada en espacios informativos de medios tan prestigiosos como la televisión pública alemana ZDF, que en uno de sus programas nocturnos la ponderó como una herramienta muy oportuna y de gran utilidad. Y todo ello gracias a la generosidad y al espíritu de servicio de Seprotec y la Fundéu BBVA.

 

Cuento todo esto porque hoy, dos años después de aquel primer encuentro, la misma compañía que se ofreció a llevar a cabo el proyecto en unos plazos que parecían inviables y poniendo a disposición de la Fundéu sus recursos y su equipo de una forma totalmente desinteresada, me da la oportunidad de colaborar con ellos en la redacción y seguimiento de una nueva sección de su Seproteca, un espacio semanal titulado Sepropíldoras de lengua en el que trataré de abordar las dudas y dificultades más habituales de nuestro idioma (ortotipográficas, léxicas, sintácticas…) así como de alentar el debate en torno a los extranjerismos más irreductibles en español: cuándo se antojan necesarios o irremplazables, cuándo su uso responde a la pereza o, simplemente, a una cuestión de prestigio social (mal entendido, probablemente); cómo abordar su traducción; qué manuales, corpus, webs, medios de comunicación… pueden resultarnos más útiles como referencias fiables y autorizadas, etc.

 

Soy consciente de que en la comunidad seprotequista habrá gente más sabia y experimentada que yo. Será un placer contar con sus aportaciones y sus críticas para hacer de esta sección un espacio de servicio rico, abierto y tolerante. Considero que los traductores hemos de estar a la vanguardia del buen uso del lenguaje, de modo que nuestro público objetivo, la sociedad en su conjunto, se beneficie de nuestro buen hacer y encuentre cada día más claros e inteligibles los mensajes que recibe a través de los medios de comunicación, la literatura, la publicidad, el cine, el ocio… No hay que olvidar que casi el 90 % de la producción escrita que leemos a diario procede de traducciones. Conocer bien nuestra propia lengua y ser autocríticos y capaces de reflexionar sobre ella permanentemente parece, por tanto, fundamental.

 

En esta primera entrega, dado lo extenso de la presentación, me limitaré a invitaros a acceder a la subcategoría de recomendaciones sobre traducción de la Fundéu, donde encontraréis cerca de 200 píldoras de la Fundación sobre extranjerismos habituales y sus correspondencias en español.

 

Términos como wearable technologies, paywall, offshore o tifo, todos ellos de gran actualidad —no olvidemos que la Fundéu trabaja en el seno de la Agencia Efe, al ritmo que impone la actualidad informativa—, quedan recogidos en ellas. Si al descubrirlas o releerlas encontráis que su enfoque no es el más adecuado o preciso, que alguna o varias de sus propuestas de traducción no responden a los conceptos o realidades subyacentes en los términos originales, será un placer leer vuestros comentarios en esta página para establecer el oportuno debate.

Jaime Garcimartín

Exredactor de la Fundéu BBVA